Desde la infancia pertenecemos al
juego simbólico por el hecho de constituirnos activamente en humanidad. Esta acción
no nos abandona nunca y resulta ser un exitoso
mecanismo de adaptación al medio en el que ajustamos nuestra existencia como
animales simbólicos que somos- decía Cassier-, por nuestra capacidad para
proyectar con el pensamiento lo que
no existe. Este rasgo, esencialmente humano, nos ha ofrecido la posibilidad de
trascender en todas las diferentes manifestaciones simbólicas culturales
(lenguaje, mitos, arte, filosofía, religión o ciencia), variaciones de una misma
conciencia y pensamiento simbólico que conectan al ser humano con la
naturaleza, la espiritualidad y todos sus ancestros. Somos un mínimo eslabón en
una evolución que ha dejado de ser biológica para convertirse en esencialmente simbólica.
Expresado de otra manera, no
vivimos solamente en un mundo puramente físico sino que debemos adaptarnos,
cada vez más, a la sofisticación de un
universo simbólico. Participamos, pues, en la sinécdoque del desarrollo humano
en su totalidad, ya que en algún momento de nuestra infancia debimos conectar
con el “todo”. De esta manera, compartimos una historia común y universal: la posibilidad
de construir símbolos representaciones nos ha permitido establecer acuerdos
para asociarnos a una misma realidad.
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